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Señal de que la cosa va bien

Las primeras veces que fui a la psicóloga recuerdo que iba medicado.

También me acuerdo de lo mucho que me sobraba todo el mundo, de lo poco que parecía importarle al mundo que yo me quisiera aislar y del miedo que tenía de que aquella mujer terminase por tirar abajo los pocos andamios que le quedaban a mi vida en aquel momento.

Siempre les daré las gracias a mis padres por el esfuerzo que hicieron por llevarme allí y por haber comprado una casa en el centro de mi ciudad.

Menos mal que vivía en el centro y cerca de la psicóloga.

Si llego a tener un trayecto de 10 minutos o más hasta la consulta hoy seguramente seguiría muy jodido.

Pero, cuando tienes poco tiempo para pensar no te quedan más cojones que hacer las cosas y cambiar algo.

Como cuando se quema tu casa.

Como cuando llegó el covid y muchas empresas tuvieron que hacer en una semana los cambios que llevaban años retrasando.

Como cuando eres joven y estás con tu pareja en casa de sus padres y, o haces lo que queréis hacer antes de que sus padres lleguen en cinco minutos, o ya sabemos todos quién va a perder la partida al Monopoly alrededor de la mesa de la cocina.

Las primeras veces que iba a donde Carmen iba con miedo.

En esos dos minutos que tardaba en cerrarse la puerta de mi portal y abrirse la de la consulta solo pensaba: “A ver con qué hostias me viene hoy esta mujer, que yo mañana tengo examen de termodinámica.” Y cosas del estilo.

Después de cada sesión con ella, salía hecho una mierda y esos dos minutos desde que se cerraba la puerta de la consulta hasta que se habría la del portal de mi casa se me hacían eternos: me ardía la cabeza y salía destemplado y tiritando de aquel lugar, “tocado” para el resto del día.

Parecido a cuando vas al fisio y no sabes si ha sido peor el remedio que la enfermedad. Sabes de lo que te hablo, ¿verdad? Pues lo mismo, pero para la cabecita.

Con el tiempo, esa sensación fue desapareciendo, los dos minutos de ida se parecían cada vez más a los dos minutos de vuelta y yo cada vez estaba mejor.

Hasta que un día, por primera y última vez, Carmen me dio dos besos y me deseó suerte en la vida.

Por eso, cada vez que doy formaciones y la gente después de la primera sesión me dice: “Borja, el otro día cuando terminamos la clase me explotaba la cabeza.” Sé que eso es una buena señal. La segunda buena señal es que siguen conmigo el día siguiente.

Eso me pasa con bastante frecuencia.

Pero no a todo el mundo le duele la cabeza. Eso le suele pasar a la gente que viene muy jodida donde mí, como cuando yo iba a donde Carmen.

Y también vienen con miedo.

Luego me escuchan hablar durante tres minutos y ahí se dan cuenta al instante de que soy su aliado, de que conmigo pueden estar segurxs.

Entonces se les pasa el miedo.

Otro buen síntoma suele ser ver a la gente tomar apuntes y aunque les diga: “El material os lo daré al finalizar la formación. No os preocupéis”, cuando te dicen: “Ya pero así yo luego puedo leer esto tranquila en casa. Además, improvisas mucho y dices cosas que quiero apuntar.” …Entonces, esas cositas, todo eso… es señal de que la cosa va bien.

Todo lo anterior podría ser mentira, pero no lo es.

El viernes, día 1, voy a sacar un vídeo que creo sinceramente que puede ser bastante interesante para mucha gente.

Podría ser mentira, pero no lo es.

¿De qué va el vídeo? El día uno lo sabrás, si estás en mi lista de correo.

¿Cómo te puedes dar de alta en mi lista de correo?

Aquí abajo:

Chao.